sábado 6 de marzo de 2010

el día que murió el Último Invitado


Lo siento. Ese día no existe. Era mentira. Falso. El Último Invitado es eterno. Ha llegado el momento en el que ni avanza, ni retrocede. Ahora le presta atención a las cosas que antes solía gustar, olivas con cáscara y revistas de caza de acordes mayores. Fomenta las tiendas de cuerdas de plata sintética, y su mandolina americana ya no tiene nieve. Se ha vuelto tradicional, agnóstico y tiene un nuevo bombo con pedal. Eso da que pensar. Ya no viene a mi jardín a tomar el té, ni a enseñarme mapas. Pero los sábados por la mañana voy a aplaudirle a la calle con adoquines, para que no se olvide de que por lo menos hasta julio sigo perdida.

3 cartas sin remitente:

El Informador dijo...

Temblé al leer que el último invitado había muerto, un escalofrío recorrió mi espina dorsal y comenzaron los sudores fríos y pensé que me iba a morir, porque yo soy de los que creen que el último invitado es uno de esos seres que estuvieron ahí cuando Dios creó el mundo. Pero entonces vi la foto en la que no aparecía en el lugar donde yo lo vi tocar y siguiendo tus pasos le di unas monedas y aplaudimos su maestría con los instrumentos, y me di cuenta de la triste belleza que muestra esta instantánea. Una foto que podría mirar durante siglos, tratando de imaginar porqué sería ese lugar bajo el ventanal el que eligió para regalarles a los mortales su música. Y luego leí las palabras y respiré profundamente y me pregunté como una sola frase, una simple foto, una imaginación de la realidad podían dar tanto miedo. Y entonces me reconforté pensando que el último invitado seguiría visitando su lugar bajo el ventanal del ayuntamiento y que tu seguirías yendo mientras vivieras en su ciudad y que le aplaudirías siempre y maldecirías a las cucarachas que cantaban a los idiotas (¿o eran idiotas que cantaban la cucaracha?).

xerophuss dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
xerophuss dijo...

Es curioso esto del devenir de las cosas: antes solía leer en la pantalla de mi ordenador todos tus escritos y es ahora cuando soy partícipe de la publicación de éstos.

Antes creía que nunca iba a encontrar el amor de mi vida, que era cosa de locos giros argumentales de las producciones hollywoodienses, y ahora aquí me tienes, deseando despertarme y perderme en la profundidad de tus ojos, y caer, caer en ellos y sentirme abrazado a ti a cada asístole, a cada diástole, a cada respiración, a cada movimiento de tu arco, a cada infinitísisima porción de tiempo, a cada molécula y a cada descomposición de las largas cadenas de proteínas de polvorones que hacen “puahg qué asco” y maltisers que un servidor no se resiste a morder, pero que deben de ser disfrutados lentamente.

Amo la perpendicularidad de tu vello al rozar suavemente mis labios sobre los neurotransmisores de tu piel, amo el pequeño trayecto que recorre cada fonema, cada complemento del nombre cuando me hablas cerquita de mi boca acerca de cercanos futuros y lejanos y exóticos viajes, amo cada newton de fuerza que empleas al acercar tu cabecita hacia la mía y maldigo los julios de energía gastados en fruncir tu ceño cuando algo te preocupa.

Y yo beso tu ceño, porque es muy bonito y no quiero que reciba ninguna información que le incomode y enturbie su gracioso bienestar…