Ya no quedan tulipanes amarillos en las botellas de cristal que tenía en la estantería.
Todos mis libros y mis cuadernos se encuentran encerrados en cajas volando por algún lugar de Europa. Es lo único que me quedaba aquí cuando te ibas. Me quedo vacía, igual que el vacío que dejan las pompas de jabón cuando se pegan al tejado de mi habitación, incluso cuando las guardo para los atardeceres bonitos. Esta calle pequeñita se me queda grande cuando intento escaparme.
Se nos acaban los tictac, y me llevo un puñado de gotas de lluvia, un montón de palabras con consonantes y diéresis curiosas, un gorro de pintora que perdí en febrero, bicicletas enterradas por la nieve, edredones azules y verdes y un sofá naranja a punto de explotar. También un pequeño gato de miel y limón que me ha cuidado siempre, incluso desde el principio, lejos, sí, pero rozándome la nariz en todo momento.
Tenía que vivir aquí, para saber en qué tejados quiero vivir de mayor.
¡Espérame, sol!
