lunes, 26 de julio de 2010

Adiós, Gemenweg

Ya no quedan tulipanes amarillos en las botellas de cristal que tenía en la estantería.

Todos mis libros y mis cuadernos se encuentran encerrados en cajas volando por algún lugar de Europa. Es lo único que me quedaba aquí cuando te ibas. Me quedo vacía, igual que el vacío que dejan las pompas de jabón cuando se pegan al tejado de mi habitación, incluso cuando las guardo para los atardeceres bonitos. Esta calle pequeñita se me queda grande cuando intento escaparme.

Se nos acaban los tictac, y me llevo un puñado de gotas de lluvia, un montón de palabras con consonantes y diéresis curiosas, un gorro de pintora que perdí en febrero, bicicletas enterradas por la nieve, edredones azules y verdes y un sofá naranja a punto de explotar. También un pequeño gato de miel y limón que me ha cuidado siempre, incluso desde el principio, lejos, sí, pero rozándome la nariz en todo momento.

Tenía que vivir aquí, para saber en qué tejados quiero vivir de mayor.

¡Espérame, sol!

miércoles, 7 de julio de 2010


Solo le quedaba alejarse poco a poco, desvanecerse de aquel lugar, olvidarse cada día un poquito de cada sensación, intentar no acordarse de nada.
No era tan difícil querer cerrar la puerta, dejar que la hierba lo cubriese todo, y después la nieve.

martes, 6 de julio de 2010


Conocía perfectamente los cinco rincones de la Tierra. Había recorrido con su guitarra y su botella de cristal rajada el mundo entero.

Siempre pensó que el amor no existía, para él era una mera excusa con la que dar sentido a vidas vacías.

Nunca tuvo a nadie que le trajera desayunos a la cama, ni que le pintara bigotes de gato algunas tardes de primavera. Nadie le había besado las lágrimas. Nunca hizo batido de plátano para dos, y no sabía lo que era echar de menos. Jamás se olvidó de mirar su reloj.

Demian era como una casa vacía, con mucho eco, y con las ventanas rotas.
Conocía perfectamente los cinco rincones de la Tierra, pero estaba perdido.

sábado, 3 de julio de 2010


Una tormenta le calaba hasta las entrañas, y una canción se le metía entre los huesos, consiguiendo así echarle aún más de menos.

Y así me di cuenta de que no es tan difícil querer que las horas pasen tan rápido como un parpadeo, tan rápido como aquellos relámpagos que brillaban en los cristales de sus ventanas.